Puerto Príncipe. Han pasado dieciséis años desde que la tierra se abrió bajo los pies de Haití. A las 16:53 del 12 de enero de 2010, un terremoto de magnitud 7.0 redujo barrios enteros a polvo, silenció más de 200 mil vidas y dejó a un país entero tratando de sobrevivir entre ruinas.
Hoy, el recuerdo sigue vivo. No solo en los memoriales improvisados o en los nombres grabados en placas de metal, sino en la fragilidad cotidiana de una nación que aún lucha por levantarse.
En menos de un minuto colapsaron hospitales, escuelas, ministerios y viviendas. Puerto Príncipe, Léogâne y Jacmel quedaron devastadas. Las calles se llenaron de gritos, polvo y cuerpos atrapados.
Más de 1.5 millones de personas perdieron su hogar. Familias enteras durmieron durante meses bajo lonas plásticas. El Estado haitiano, ya debilitado, quedó prácticamente paralizado.
Para muchos sobrevivientes, el trauma no terminó cuando cesaron las réplicas.
“El terremoto no se fue nunca. Solo aprendimos a vivir con él”, recuerda Marie-Claude, entonces estudiante, hoy madre de tres hijos.
La comunidad internacional prometió miles de millones de dólares en ayuda. Parte de esos fondos permitió retirar escombros, construir viviendas temporales y reabrir servicios básicos. Sin embargo, la reconstrucción fue desigual y lenta.
Dieciséis años después:
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miles de personas siguen viviendo en condiciones precarias,
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gran parte de la infraestructura urbana continúa siendo vulnerable,
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el acceso estable a salud, agua potable y educación sigue siendo limitado,
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y la pobreza estructural persiste.
A esto se sumaron nuevos golpes: brotes de cólera, huracanes, crisis política prolongada, violencia armada y el colapso de instituciones.
Para los jóvenes haitianos nacidos después de 2010, el terremoto es una historia contada por sus padres. Para quienes lo vivieron, es una frontera invisible entre dos vidas: la de antes y la de después.
Psicólogos locales advierten que el trauma colectivo aún se manifiesta en:
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ansiedad ante temblores menores,
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miedo a los edificios,
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desconfianza en las autoridades,
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migración forzada.
El terremoto no solo destruyó estructuras; fracturó la sensación de seguridad.
Cada 12 de enero, Haití guarda silencio. Se encienden velas, se rezan oraciones, se pronuncian nombres.
No es solo un acto de duelo. Es también una forma de resistencia: recordar para no normalizar el abandono, para exigir que la tragedia no se repita por negligencia o corrupción.
Organizaciones civiles insisten en que la verdadera reconstrucción no es solo material, sino institucional y humana.
A 16 años del desastre, Haití sigue de pie, aunque cansado. Su gente continúa trabajando, estudiando, vendiendo en mercados, cantando en iglesias, soñando con estabilidad.
El terremoto de 2010 no fue el final de Haití, pero sí una herida profunda que aún supura. Recordarlo no es abrir el pasado: es reconocer que la dignidad de las víctimas exige algo más que memoria. Exige justicia, prevención y un futuro posible.















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