Por Ariel Cabral, periodista católico dominicano.
Santo Domingo. Con la reciente decisión del papa León XIV de elevar a obispo al cura Manuel Ruiz, conocido por su encarnizada defensa del difunto nuncio violador Jósef Wesolowski, acusado de crímenes sexuales abominables contra menores, el Vaticano envía al mundo un mensaje inequívoco: la maquinaria del poder eclesiástico continúa atrapada en la lógica del silencio cómplice y el encubrimiento sistemático.
Lejos de ser un hecho aislado, este nombramiento se inscribe en una larga tradición de protección a depredadores con sotana.
Basta recordar cómo Juan Pablo II, hoy canonizado como “santo”, elevó a los altares de la adulación al pedófilo mexicano Marcial Maciel Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo, a quien llamó “apóstol de la juventud”, cuando ya clamaban al cielo pruebas de su condición de abusador serial: al menos 60 menores, según una investigación del diario español El País. El sacerdote azteca murió impune, amparado por el prestigio y la complacencia de Roma, que apenas lo sentenció a una vida de “penitencia y oración”.
Es cierto que sus sucesores, Benedicto XVI y Francisco, han manifestado voluntad de enfrentar el flagelo de la pederastia clerical. Esos gestos, aunque saludables, han resultado más cosméticos que eficaces, incapaces de extirpar un mal enquistado en las fibras más profundas de la curia y de sus estructuras de poder. La realidad es tozuda: la pedofilia, lejos de erradicarse, ha seguido infiltrando las entrañas de la Iglesia como una lepra espiritual que resiste todo intento de purificación.
Por eso, este nuevo nombramiento de Ruiz no sólo hiere la memoria de las víctimas del destituido arzobispo polaco, juzgado preliminarmente por el Tribunal de la Rota Romana también por posesión de pornografía infantil, sino que reaviva la sospecha de que Roma, más que madre y maestra, continúa siendo guardiana de sus verdugos.
¡Oh Roma Feliz! ¡Oh Noble Roma Feliz! ¡Oh Roma que te proclamas santa mientras abrazas la infamia! ¡Roma Feliz, Roma Noble!’.
Levántate, Señor, y juzga tu propia causa. Recuerda tus reproches a quienes están llenos de necedad a lo largo del día. Escucha nuestras oraciones, pues las zorras se han alzado buscando destruir la viña cuyo lagar solo tú has pisado. Cuando estabas a punto de ascender a tu Padre, encomendaste el cuidado, el gobierno y la administración de la viña, imagen de la iglesia triunfante, a Pedro, como cabeza y vicario tuyo, y a sus sucesores. El jabalí del bosque busca destruirla y toda fiera se alimenta de ella.
(León X, papa).
Deja una respuesta