Por Ariel Cabral.
Santo Domingo. En una ciudad marcada por el ruido constante, la prisa y la sobreexposición digital, existe un espacio donde el tiempo parece detenerse. Detrás de las paredes de la Parroquia San Judas Tadeo (SJT), en pleno Distrito Nacional, se vive una experiencia distinta: un silencio que no es vacío, sino encuentro.

Hasta allí llegan hombres y mujeres que deciden hacer una pausa en sus rutinas, desconectarse del trajín cotidiano y emprender un camino interior que no se mide por distancias físicas, sino por la profundidad de la fe. Es el Camino de Emaús, una travesía espiritual que invita a reencontrarse con Cristo y con uno mismo.
Basados en el relato evangélico de Lucas 24, 13-34, los retiros de Emaús recrean la experiencia de aquellos dos discípulos que, abatidos tras la muerte de Jesús, caminaron con Él sin reconocerlo, hasta descubrir su presencia viva al partir el pan. De igual manera, los caminantes de hoy redescubren al Resucitado en los pliegues de su propia historia, muchas veces marcada por heridas, dudas y búsquedas inconclusas.
«Emaús no es simplemente un retiro; es un renacer espiritual», expresa Rafael Matías, coordinador general de la Hermandad de Emaús Hombres de San Judas Tadeo.
Para él, y para muchos de los servidores activos, la experiencia ha significado un punto de inflexión en sus vidas. «A muchos de nosotros, Emaús nos ha salvado la vida», afirma con contundencia.
Matías explica que el retiro le permitió tomar conciencia de algo que siempre estuvo presente: que Jesús ha caminado a su lado en todo momento. Aprendió a reconocerlo no solo en los momentos de gozo, sino también en la soledad, en las pruebas y en los silencios más profundos.
Con firmeza, da testimonio de su fe en Cristo resucitado y en la certeza de que vive en su interior. Confiesa que durante años lo buscó fuera, en múltiples caminos, sin advertir que el Señor habitaba ya en lo más profundo de su ser.
Lo que se vive en Emaús, permanece en Emaús
El retiro, que se desarrolla durante un fin de semana, propone un encuentro íntimo y profundo con Dios. Lo que allí ocurre resulta difícil de explicar con palabras. Es una vivencia que se experimenta más con el corazón que con el lenguaje: se llora, se sana, se celebra y se guarda con “sigilo sacramental”.
Emaús representa un tránsito espiritual: del desaliento a la esperanza, del aislamiento a la comunión, de la oscuridad a la luz. Por eso, una de sus máximas se mantiene intacta entre los caminantes: lo que se comparte en Emaús, en Emaús se queda.
En la Parroquia San Judas Tadeo, la Hermandad de Emaús se ha consolidado como un verdadero motor espiritual. Las comunidades de hombres y de mujeres caminan en paralelo, sosteniéndose mutuamente a través de la oración, el servicio y el acompañamiento fraterno.
«Nosotras oramos constantemente por ellos, los acompañamos en su proceso y también nos fortalecemos como comunidad», señala Griselide Castillo, coordinadora general de Emaús Mujeres.
Relata que cada regreso de los caminantes es motivo de profunda emoción. «Cuando los vemos volver con lágrimas en los ojos y una fe renovada, confirmamos que el Espíritu Santo sigue obrando con poder», afirma.

Cada nuevo retiro reúne a decenas de participantes de distintos perfiles: laicos comprometidos, solteros, padres y madres de familia, jóvenes y profesionales que, por algunos días, se permiten ser conducidos por la gracia de Dios.
En ese espacio descubren la presencia viva del Señor en sus vidas y asumen el compromiso de seguir a Cristo, apostando por una vida coherente con el Evangelio, como mujeres y hombres de bien, mujeres y hombres de Dios.
«Hay momentos de risa, otros de llanto, pero sobre todo hay un toque de Dios que no se puede explicar», comparte el cantautor Roberto Carlos Jorge. Para él, Emaús significó una reafirmación de su fe y del llamado que Dios le ha hecho a través de la música.
«Después de Emaús, nadie vuelve a ser igual», asegura.
El servicio como fruto del encuentro
Tras vivir el retiro, muchos caminantes deciden regresar como servidores, dispuestos a acompañar a otros en el mismo proceso que un día transformó sus propias vidas. De esta forma, la experiencia se multiplica y el fuego del Espíritu se transmite de persona a persona, manteniendo viva la esencia del movimiento.
El padre Jorge Montoya, párroco de San Judas Tadeo, destaca el impacto pastoral de Emaús dentro de la comunidad parroquial.
«Es una auténtica escuela de fe. Los frutos se reflejan en las familias, en la vida comunitaria y en la integración de los participantes a otros ministerios. Emaús es un soplo de renovación que fortalece a la Iglesia desde dentro», señala.
Mucho más que un retiro

Quienes han recorrido el Camino de Emaús coinciden en que lo más valioso no es solo el fin de semana de retiro, sino la hermandad que se construye después. Se trata de una comunidad viva que ora unida, comparte la fe, celebra la vida y acompaña en los momentos difíciles.
«Para mí, la comunidad de Emaús es lo mejor que ha llegado a mi vida», expresa Edwin Corniel, servidor del movimiento. Relata que los testimonios escuchados durante su retiro le abrieron el corazón y lo impulsaron a aceptar al Señor de manera consciente.
Desde entonces, afirma, su vida cambió profundamente. Hoy se siente en paz, agradecido con Dios por haber podido restaurar su familia y fortalecer su relación con sus hijos.
«Es un buen camino; es el camino de hermanos que comparten la misma fe y el mismo Señor», sostiene.
Un camino que continúa
Con cada nuevo retiro, los servidores elevan sus oraciones para que más hombres y mujeres tengan un encuentro personal con el amor sanador de Cristo resucitado. Lo que inició como una experiencia espiritual se ha convertido en un movimiento de renovación que marca la vida de la Parroquia San Judas Tadeo y deja una huella profunda en la Iglesia católica dominicana.
«Emaús es, sin duda, un antes y un después», resume Ernesto Gastón, caminante del octavo retiro. «Me permitió abrir nuevos caminos, integrarme a una comunidad de hermanos en Cristo y recibir innumerables bendiciones», añadió.












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