Por Ángel Gomera.
El autor es abogado.
Escríbele a: angelgomera@gmail.com
La vida que llevamos en la sociedad de hoy nos empuja ir saltando de un lado para otro a toda velocidad y en momentos actuando en la versión de un corazón que no siente, sin darnos el tiempo de detenernos a reflexionar: ¿Quiénes somos realmente? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia en particular? ¿Creemos que la vida que llevamos es una vida buena? ¿Por qué? ¿cómo debemos vivir nuestras vidas y qué principios deben guiar nuestras acciones? ¿Qué quisiéramos cambiar en la vida? ¿Para qué?
Estas preguntas, aunque suenen filosóficas o teóricas, debemos interiorizarlas con seriedad y a modo de dinámica personal, irlas respondiendo delante de un espejo, no delante de un celular o pantalla; ya que en la mayoría de las ocasiones estos dispositivos tecnológicos nos sustraen del pensamiento autocrítico que se ha de asumir cuando requerimos responder cuestiones de nuestra propia existencia.
Y es que ante un mundo en constante cambio impregnado de un vendaval de sucesos e ideologías que atan y deshumanizan, emplear la capacidad de reflexión crítica es más importante que nunca; ya que nos servirá de brújula para poder impulsar la barca de la vida sorteando las mareas de lo real y lo aparente, de engaños y desengaños, de la verdad o mentira, de lo humano o lo salvaje; para así, no terminar cayendo en aquellas cosas o situaciones que parecen ser, pero no lo son o se suponen tenerlas, sin lograr realmente alcanzarlas.
El problema está cuando nos conformamos con la mera apariencia, en lugar de esforzarnos en ser verdaderamente lo que debemos ser o pretender ser. Muchas veces preferimos sentirnos engañados, pues, resulta más fácil conformarnos con no salir del nivel de confort en que nos encontramos. En ese orden, el escritor y militar francés François de La Rochefoucauld, se refiere a que: ¨Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos¨.
Entender que procurar vivir complaciendo a otros, hace que terminemos en la pérdida de nuestra propia identidad, hasta el punto de hacernos creer la imagen falsa que proyectamos. El autoengaño se nutre de la constante búsqueda de la aprobación externa y se encubre en el uso de máscaras sociales, aunque resultemos víctimas de nuestras propias creaciones engañosas.
Asimismo, nos alerta el filósofo Guy Ernest Debord en su obra ¨La Sociedad del espectáculo¨ cuando expresa que el sistema en que vivimos ¨no solo vende productos, sino estilos de vida e identidades prefabricadas. Y los individuos, inmersos en una falsa conciencia, aceptan la apariencia como la única realidad, limitando su capacidad crítica. Es decir, la realidad está siendo reemplazada por imágenes y el «ser» por el «parecer».
A este respecto, el sentido de la vida se convierte en un «espectáculo banal» constante, donde la desconexión de la realidad histórica y personal es la base que predomina; donde ese sujeto lleva consigo la aspiración de espectacularizar al máximo cualquier aspecto de su vida, aun a expensa de la esencia. Ahí lo íntimo, va perdiendo privacidad y, por momentos, se expone de manera obscena y extrema con tal de hacerse viral o convertirse en influencers.
A propósito de las redes sociales, es entendible que el mundo de las apariencias, las simulaciones y actuaciones de la persona, no nació con las plataformas digitales, pero ha encontrado en ellas un auge sin precedentes, y somos muy poco conscientes de las consecuencias por el uso desproporcionado y la agresión severa que nos autoinfligimos.
Realmente ante la embestida de la posverdad, se nos hace muy difícil en tantos escenarios, discernir entre la verdad y la mentira: hechos y propaganda. Espacios donde la verdad no importa, basta solo manejar las emociones. En ese aspecto, Mark Twain enfatiza que ¨es más fácil engañar a la gente que convencerla de que fue engañada”. Dada esa realidad es oportuno reconocer que buscar la verdad nos hace libres, pero creer la mentira nos esclaviza.
Haríamos bien en poner un poco más de atención al manejo de dichas plataformas; y procurar encontrarnos con nuestro verdadero ser, hasta el punto de llegar a la decisión valiente, cuando esto se requiera, de someternos a un autoprograma de desintoxicación digital. Pongamos freno a la inmediatez y no sucumbamos a esos algoritmos de redes sociales que priorizan el contenido sensacionalista y dañino, facilitando la desinformación y el sembradío de la oscuridad.
Definitivamente, en nuestra vida cotidiana, la confusión entre lo que es y lo que parece ser, es un desafío permanente; pero no podemos olvidarnos que el que vive para aparentar se olvida de vivir. Es pertinente retornar a la pedagogía de la mirada como muy bien describe Byung Chul Han; aquella que permite valorar profundamente la belleza y lo verdadero; que se cultiva en la sensibilidad ante el virus de la indiferencia; que muestra la capacidad de asombro ante la injusticia y el sufrimiento de los demás; y que evita la ceguera ante la realidad, para que no seamos autómatas de lo dictado por el mundo de lo banal y lo insustancial.















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