Por Ariel Cabral.
En el silencio solemne de un dojo, donde cada paso se mide y cada palabra pesa, se escribe desde hace años una historia que no aparece en los marcadores deportivos, pero sí en la vida de cientos de jóvenes. Es la historia de Marcos David Reyes Jiménez, entrenador dominicano de karate en Puerto Rico, un hombre que entendió que esta disciplina no es solo un deporte, sino una forma de existir.
“Descubrí que el karate no terminaba al salir del dojo cuando vi que influía en mi manera de pensar, de decidir y de enfrentar la vida”, afirma. Fue entonces cuando comprendió que los golpes y las katas eran apenas la superficie de algo más profundo: una escuela de carácter.
Raíces forjadas en la dificultad
Sus primeros entrenamientos, entre la República Dominicana y Puerto Rico, estuvieron marcados por la escasez y la exigencia. No había lujos ni comodidades, pero sí voluntad inquebrantable.
“Eran duros, muy duros, pero llenos de ilusión. Eso me enseñó a valorar el esfuerzo y a no dar nada por sentado”.
Bajo la guía de sus primeros maestros, José Elías Ramírez y José Zequeira, recibió una enseñanza que aún hoy define su vocación: antes de formar campeones, hay que formar seres humanos.
“La técnica es importante, pero el carácter lo es aún más”, repite con convicción.
Fue esa filosofía la que lo empujó a enseñar. No por ambición personal, sino por responsabilidad social. Vio en el karate una herramienta capaz de rescatar jóvenes, ordenar vidas y construir futuro donde antes solo había incertidumbre.
Empezar otra vez
Llegar a Puerto Rico significó comenzar desde cero. Sin reputación, sin estructura, sin privilegios.
“El reto fue ganarme la confianza y demostrar con trabajo quién era y qué representaba”.
Reconoce que al principio existió cierta desconfianza por su origen dominicano, pero jamás permitió que eso se convirtiera en barrera. Respondió como mejor sabía: con disciplina, coherencia y resultados.
Con el tiempo descubrió algo esencial: dominicanos y puertorriqueños no se oponen, se complementan.
“El dominicano crece con menos recursos y eso lo hace resiliente; el puertorriqueño tiene estructura y un fuerte sentido de pertenencia. Juntos son una combinación poderosa”.
Puerto Rico dejó de ser un lugar de paso cuando sus alumnos y sus familias comenzaron a verlo como parte de ellos. Hoy lo llama, sin reservas, su casa.
El dojo como escuela de vida
Para Marcos, el dojo no es un simple espacio de entrenamiento. Es un templo de formación humana.
Allí la técnica es base obligatoria: protege el cuerpo, evita lesiones y garantiza progreso real. Pero los valores son ley innegociable: respeto, humildad, disciplina, perseverancia y responsabilidad.
La autoridad no se impone.
“La disciplina no nace del miedo, nace del ejemplo”.
El silencio, dice, enseña concentración. El respeto enseña a escuchar. Y escuchar enseña a crecer.
Cuando el karate cambia destinos
A lo largo de su carrera ha visto transformaciones que ningún trofeo puede igualar: jóvenes con conductas agresivas aprender a controlar su ira; muchachos inseguros descubrir su valor; adolescentes perdidos encontrar dirección.
“El karate les da autocontrol, propósito y dignidad”.
Por eso no duda en afirmar que esta disciplina es una alternativa real frente a la violencia juvenil. Su academia funciona como refugio, como red comunitaria, como espacio de inclusión.
El maestro de artes marciales, sostiene, debe ser más que un instructor técnico: debe ser mentor, guía y líder social.
La semilla que camina sola
Pocas cosas lo conmueven tanto como ver a un alumno competir o enseñar fuera del dojo.
“Es como ver que la semilla dio fruto”.
Recuerda especialmente a aquellos que llegaron sin fe en sí mismos y hoy son ejemplos de superación, hombres y mujeres que aportan a la sociedad con valores firmes.
Cuando prepara atletas para competir en el extranjero, no solo entrena músculos, también conciencia:
“Les enseño a representar con orgullo, a respetar otras culturas y a competir con humildad. Ganar o perder es secundario; aprender es obligatorio”.
Ver a dominicanos triunfar en Puerto Rico es para él una confirmación profunda: el talento no tiene fronteras cuando se sostiene sobre la disciplina.
Identidad compartida
Marcos está convencido de que el karate se ha convertido en un puente entre dos pueblos hermanos. Ha unido culturas, ha creado respeto y ha construido amistades donde antes solo había distancia.
A los jóvenes dominicanos que viven fuera de su país les deja un mensaje claro:
“Que no olviden quiénes son, pero que honren la tierra que los recibe con trabajo y valores”.
Un legado que no se mide en medallas
Cuando mira atrás, no habla de títulos ni podios.
“Mi mayor orgullo es haber impactado vidas de manera positiva”.
Sueña con que dentro de 20 o 30 años sus alumnos digan que fue un maestro que creyó en ellos cuando nadie más lo hizo.
Y aún no se detiene.
“Quiero seguir formando generaciones que vivan el karate dentro y fuera del dojo”.
Su mensaje final resume su identidad partida en dos banderas y un mismo propósito:
“La República Dominicana me dio mis raíces y mi carácter. Puerto Rico me abrió las puertas y me permitió crecer y servir. El karate me enseñó que no existen fronteras cuando hay respeto, disciplina y valores”.
En tiempos donde la fama dura lo que un titular, Marcos David Reyes Jiménez construye algo más duradero: seres humanos con columna moral firme.
Ese es su verdadero campeonato.

















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