Milei, la reforma laboral y el desmonte de la productividad

Por Mihail García.

La administración de empresas, como cuerpo de conocimiento y práctica social, nunca ha sido un edificio terminado, sino una estructura en constante remodelación que se sostiene sobre los hombros de gigantes. Durante décadas, hemos aprendido que Frederick Winslow Taylor y Henri Fayol constituyen la columna vertebral de nuestra profesión, aportando la rigurosidad científica y la organización técnica que permitieron el despegue de la era industrial.

Sin embargo, tal como la historia nos ha demostrado, la realidad es un río que cambia de cauce, y el administrador que se aferra a la orilla del pasado termina viendo cómo su competitividad se erosiona. Es en este devenir donde la figura de Peter Drucker emerge para recordarnos que, en la sociedad poscapitalista, el centro de gravedad de la economía ya no es la producción y distribución de objetos, sino la gestión del conocimiento. Esta transición fundamental nos obliga a preguntarnos si las reformas legislativas que hoy se pretenden implementar en Argentina, bajo un signo de ultraliberalismo económico, no representan en realidad un salto al vacío que ignora siglos de evolución administrativa.

Al analizar la controvertida reforma laboral de Javier Milei, surge una contradicción flagrante con los principios más básicos de la gestión del talento. Mientras los grandes referentes del pensamiento administrativo —desde la estandarización de Taylor hasta la apuesta de Drucker por la innovación— coinciden en que la productividad es hija de la especialización y la formación continua, esta nueva normativa parece incentivar la rotación y la precarización. Si el administrador moderno ha comprendido que la calidad cuesta dinero y que el recurso humano es un gestor de conocimiento que entiende su valor, resulta incomprensible que se promuevan leyes que faciliten el desentendimiento del empleador hacia su fuerza de trabajo. Facilitar el despido a través de fondos de cese o fomentar la figura de “colaboradores” independientes no es modernizar; es despojar a la empresa de su activo más preciado: el know-how acumulado.

La paradoja es profunda: en su afán por distanciarse de cualquier sombra de colectivismo o proteccionismo estatal, el gobierno argentino está dinamitando las bases de la competitividad empresarial que el propio capitalismo de vanguardia defiende. Por amor o por dolor, tanto el marxismo como el capitalismo de alta complejidad han llegado a una misma conclusión filosófica y técnica: el trabajador es el motor de la producción. Para el marxismo, es el creador de la plusvalía; para el capitalismo de Drucker, es el socio del conocimiento. En ambos casos, un trabajador alienado, que no sabe si mañana pertenecerá a la organización y que percibe parte de su sustento en especies o beneficios volátiles, es un trabajador cuya productividad está herida de muerte. La gestión del talento en las empresas más exitosas del mundo huye de la rotación porque sabe que el gasto en aprendizaje es una inversión que solo rinde frutos con la permanencia.

Si la administración debe seguir adecuándose a la realidad, como hemos sostenido siempre, la realidad del siglo XXI nos dice que no se puede ser competitivo operando bajo la vieja filosofía de “minimizar costos” a través de la degradación del salario y la estabilidad. Carlos Slim, Bill Gates o Steve Jobs no construyeron sus imperios simplemente gastando poco, sino invirtiendo con una visión amplia en capacitación e innovación. La reforma laboral que hoy se discute parece ignorar que, al eliminar derechos adquiridos y eludir obligaciones patronales, se está creando un clima laboral hostil que es la antítesis de la productividad. El reto del administrador contemporáneo es lograr rentabilidad sin sacrificar la visión de futuro; sin embargo, esta ley parece redactada para una economía de subsistencia y no para un país que desea insertarse en la sociedad del conocimiento. En definitiva, estamos ante un error de diseño estratégico donde, por buscar una libertad de mercado mal entendida, se pone en riesgo la capacidad misma de la empresa argentina para, como decía Drucker, mejorar, extender e innovar de manera simultánea.

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