República Dominicana celebra este 21 de enero a su protectora, Nuestra Señora de la Altagracia

Por Ariel Cabral.

Santo Domingo. Cada 21 de enero, la República Dominicana vive una de las manifestaciones de fe católica más profundas y multitudinarias de su calendario litúrgico: la celebración del Día de Nuestra Señora de la Altagracia, madre protectora y espiritual del pueblo dominicano y símbolo de esperanza e identidad nacional.

La fecha, reconocida oficialmente como día no laborable, convoca a miles de creyentes que, desde distintas provincias del país, se trasladan hasta la ciudad de Higüey, en la provincia La Altagracia, para participar en los actos religiosos que tienen como epicentro la Basílica Catedral dedicada a la Virgen María.

Desde la madrugada, las carreteras se llenan de peregrinos que caminan durante horas, algunos descalzos, otros portando velas encendidas, flores o imágenes, cumpliendo promesas o elevando plegarias por salud, trabajo, reconciliación familiar o agradecimiento por favores recibidos.

Una devoción que nace en los orígenes de la nación

La veneración a Nuestra Señora de la Altagracia se remonta a los primeros años de la colonización española, en el siglo XVI. De acuerdo con la tradición histórica y religiosa, la imagen fue traída desde Europa por una familia devota y colocada en Higüey, donde rápidamente comenzó a despertar una fuerte veneración popular debido a los numerosos testimonios de milagros atribuidos a su intercesión.

La imagen de la Virgen de la Altagracia posee una iconografía singular: representa a María contemplando al Niño Jesús recién nacido, recostado en un pesebre, una escena que simboliza humildad, ternura, protección maternal y esperanza para los creyentes.

Higüey, capital espiritual por un día

Durante la jornada, la Basílica se convierte en el principal punto de encuentro de la fe dominicana. Allí se celebran múltiples misas solemnes, encabezadas por el obispo de la diócesis de La Altagracia, Jesús Castro Marte, y otras autoridades eclesiásticas, así como actos de oración colectiva, cantos marianos y procesiones en los alrededores del templo cristiano católico.

A la celebración también asisten representantes del Gobierno, autoridades municipales y personalidades de distintos ámbitos, quienes se unen a los fieles en un ambiente marcado por el respeto, el recogimiento y la solemnidad.

Las escenas se repiten cada año: familias completas arrodilladas en silencio, jóvenes orando por su futuro, ancianos agradeciendo por una vida prolongada, madres encomendando a sus hijos y enfermos suplicando alivio. Todos confluyen bajo una misma convicción: la protección maternal de la Madre de Cristo, el Hijo de Dios.

Una tradición que se vive en todo el territorio

Aunque Higüey concentra el acto central, la festividad se extiende a lo largo y ancho del país. En parroquias, capillas y comunidades rurales y urbanas se celebran misas especiales, vigilias nocturnas, rosarios colectivos y actividades culturales alusivas a la protectora.

Los hogares dominicanos suelen colocar pequeños altares con su imagen, mientras estaciones de radio, canales de televisión y plataformas digitales transmiten mensajes religiosos, reflexiones y reportajes especiales sobre la fecha.

En muchos pueblos, el día se vive con un ambiente de recogimiento y serenidad, donde la rutina cotidiana se detiene para dar paso a la oración y la reflexión.

Fe, cultura e identidad nacional

Más allá de su dimensión estrictamente religiosa, el Día de Nuestra Señora de la Altagracia constituye una expresión viva de la cultura dominicana. Es una tradición que ha pasado de generación en generación, fortaleciendo el sentido de pertenencia y la memoria histórica del país.

En un contexto marcado por retos sociales, económicos y morales, miles de dominicanos encuentran en esta celebración un espacio para renovar la esperanza, fortalecer su fe y reafirmar valores como la solidaridad, la humildad y la perseverancia.

Cada 21 de enero, el pueblo católico dominicano vuelve su mirada a Higüey y eleva una misma oración. Para creyentes y no creyentes, la figura de la Virgen de la Altagracia sigue siendo un poderoso símbolo de unidad nacional, consuelo espiritual y refugio en tiempos de dificultad.

Así, entre cantos, velas encendidas y plegarias silenciosas, Quisqueya renueva año tras año su vínculo con quien considera su madre espiritual y eterna protectora.

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