Por: Mihail García.
El mundo asiste, una vez más, al espectáculo de la bravuconería política. Tras los recientes ataques a Irán, el actual mandatario Donald Trump vende una imagen de invencibilidad, un relato de poder hegemónico que muchos políticos, dentro y fuera de sus fronteras, asumen como palabra divina. Sin embargo, este relato está lejos de ser unánime. Voces críticas dentro del mismo sistema político, como la del senador Bernie Sanders, han cuestionado duramente estas acciones y la supuesta infalibilidad de Trump.
Y es que, detrás de la cortina de humo de la geopolítica y el discurso nacionalista, la situación interna de los Estados Unidos es para nada halagüeña. La realidad, terca y fría, se desnuda a través de los datos y las calles. En los últimos días, múltiples protestas han estallado en diversas ciudades del país. No son hechos aislados; son la evidencia palpable del grado de crispación y la profunda fractura de la sociedad norteamericana. Y no es para menos. Cuando nos adentramos en las entrañas económicas de la nación del norte, nos damos cuenta de que, a pesar del cacareado crecimiento del PIB, hay cosas fundamentales que no andan bien.
Cómo he advertido en otras ocasiones, el nivel de deuda pública es preocupante. Las cifras son demoledoras. Para este mes de marzo de 2026, la deuda nacional bruta ha alcanzado la astronómica cifra de 39 billones de dólares.
Más allá del número en sí, lo verdaderamente crítico es la evolución exponencial de esta carga y su costo inmediato. Se ha alcanzado un hito histórico: el pago del servicio de la deuda por primera vez supera la inversión en seguridad nacional (Defensa). Estados Unidos gasta hoy más en pagar los intereses que en su protección.
Para dimensionar este lastre sobre el ciudadano de a pie, realicemos el cálculo. Si se distribuyera esta carga pública de manera equitativa, cada estadounidense —incluyendo niños y ancianos— soportaría hoy una carga de deuda de $113,638. Peor aún es analizar la evolución de esta variable: en 2015, la carga por ciudadano era de aproximadamente $56,000. En poco más de una década, la carga de la deuda pública por habitante se ha más que duplicado.
El costo de «mantener» este endeudamiento, el servicio de la deuda, es un verdadero «impuesto invisible». Hoy, cada estadounidense «paga» anualmente $2,900 solo en intereses. En 2015, esa cifra era de $1,250. Es decir, el peso de los intereses sobre la economía de cada ciudadano es hoy más del doble que hace 11 años. Este es el dinero que no va a infraestructura, educación o salud, sino a los tenedores de bonos.
Y es importante notar que este no es un problema nuevo, sino uno que se ha agravado exponencialmente. Cuando Donald Trump asumió la presidencia en enero de 2017, la deuda nacional rondaba los $19.9 billones. Al dejar el cargo en enero de 2021, la deuda había escalado a $27.8 billones. Ahora, en este segundo mandato, la administración Trump ha seguido la misma senda. Desde su retorno a la Casa Blanca, la deuda se ha disparado nuevamente, pasando de unos $33 billones al inicio de esta nueva gestión hasta los actuales y asfixiantes $39 billones. Bajo la premisa de «MAGA», se ha hipotecado el futuro del país a una velocidad nunca antes vista, sumando casi $6 billones de dólares en poco más de dos años.
A esta asfixia fiscal se suma el deterioro del mercado laboral. En adición a la crisis de deuda, el desempleo ha crecido según los últimos reportes oficiales, evidenciando que el crecimiento económico no está llegando a todos los sectores y que la «maquinaria» de promesas económicas empieza a mostrar grietas en su motor principal.
¿Y qué decir de la pobreza y la desigualdad que, según datos oficiales, siguen siendo una herida abierta? A pesar de ser la economía más grande del mundo, más de 38 millones de personas viven en la pobreza en Estados Unidos. La desigualdad sigue siendo un talón de Aquiles. Datos recientes indican que el 20% más rico de la población posee casi el 89% de la riqueza nacional, una concentración obscena. Este es un tema que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, viene abordando y denunciando desde hace más de una década, advirtiendo que esta brecha no hace más que agravarse, carcomiendo la cohesión social y el futuro de la nación.
Mientras la riqueza se concentra en la cima, la clase media se erosiona y los más vulnerables son empujados al margen. Las protestas actuales son el grito de una sociedad que ve cómo el «Sueño Americano» se vuelve inalcanzable para la mayoría.
En fin, la imagen es dicotómica. Mientras el mundo ve al presidente Trump bravuconear en la escena internacional, proyectando una fuerza mítica, en su propio país, los datos económicos y sociales desnudan la cruda realidad: el barro que arropa sus pies.
















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