Un nuevo amanecer

Por Ángel Gomera.

angelgomera@gmail.com

El autor es abogado.

Se percibe una brisa nostálgica de despedida, matizada con la esperanza de la llegada de algo nuevo. Este ambiente que se cierne en la atmósfera de nuestra sociedad simboliza la oportunidad de dejar atrás lo pasado; claro está, sin dejar de reconocer aquellos sucesos o comportamientos aciagos que necesariamente debemos superar para cambiar y comenzar de nuevo con optimismo, nuevas metas y una mentalidad renovada.

Un nuevo año es un nuevo amanecer, que deja morir los errores que cubrieron de oscuridad y espanto el horizonte. Cuando el año viejo muere en la noche, así también debe perecer la opacidad en nuestras vidas, reemplazada por la claridad interior de una renovación que alborea. Por tanto, si permitimos que la luz penetre e ilumine esos rincones lúgubres de la conciencia, entonces tendremos un nuevo amanecer enmarcado en un ideal auténtico que orientará y guiará las acciones y decisiones que dan verdadero sentido a la vida.

Definitivamente, está a punto de comenzar: se nos concede la oportunidad de estrenar un calendario en blanco. Hay música en el amplio firmamento revestido de estrellas; suenan campanas celestes con rimas de alegría. Los mares y océanos entonan óperas con sus olas espumosas, y las nubes que cubren el Pico Duarte, con parsimonia y mansedumbre, comienzan a cerrar el ciclo de un ayer para abrirse a nuevos vientos de porvenires relucientes.

En estos instantes fugaces del final de un año, solemos sentir el impulso de repasar lo vivido durante su transcurso: éxitos y fracasos, lágrimas y risas, caídas y levantadas; lo bueno y lo malo. En fin, la suma de experiencias, esfuerzos, decisiones tomadas y afectos o desafectos cultivados. Pero aquí estamos, con el rostro frente al sol, dispuestos a sonreír más allá de la adversidad; con las cicatrices convertidas en enseñanzas, los tropiezos en pasos firmes, pues es mejor cojear por el camino correcto que correr por uno equivocado; las pesadillas transformadas en sueños edificantes y los vendavales en dóciles amaneceres de quietud mágica.

Sí, aquí estamos: tal vez con una copa de vino o un celular en la mano; envueltos en aromas deliciosos o pensando en la comida que falta en la despensa; entre voces por doquier o en la soledad del hogar con la compañía de un televisor. Quizás rodeados de luces coloridas o sin energía eléctrica; con sonidos amenos o estridentes; chateando sin apartar la mirada de la pantalla, aun teniendo al lado un rostro al que hace tiempo no nos detenemos a observar.

Independientemente de estos y otros escenarios imaginarios, lo importante es que en esos instantes de despedida del año se cuelan libremente en los pensamientos, como un carrusel ante nuestros ojos, las metas, propósitos y promesas de mejora que debemos conquistar o en las que debemos poner mayor empeño. Entendiendo que cada amanecer representa una oportunidad para meditar, planificar, renovar, mejorar y avanzar un paso más como peregrinos de esperanza, bajo la bendición de Dios.

En definitiva, el Año Nuevo es una nueva mañana que nos invita a recordar que, por más oscura que sea la noche, la luz siempre regresa; a entender que, no importa cuántas veces hayamos caído, siempre podemos levantarnos con una nueva perspectiva hacia el futuro; y a comprender que es tiempo de soltar el peso del pasado, pues el exceso de equipaje detiene la marcha. Sigamos adelante con mayor determinación. Es tiempo de marcar la diferencia y no ser como un barco sin brújula, que navega sin rumbo. El norte del nuevo ciclo que se abre es servir más, amar más, dialogar más, perdonar más y compartir con el mundo esperanza, paz y reconciliación.

“Si puedes, entiende; si no puedes, cree”.

Feliz Año Nuevo. Salud.

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