Por Ariel Cabral.
Cada 21 de enero, el pueblo dominicano se reviste de fiesta y recogimiento para honrar a Nuestra Señora de la Altagracia, protectora espiritual de la nación y signo entrañable de identidad religiosa y cultural. Esta fecha, profundamente arraigada en la historia y en la sensibilidad popular, ofrece también una ocasión propicia para aclarar, con serenidad y respeto, una confusión recurrente que suele surgir en el diálogo con algunos hermanos de otras confesiones cristianas: la acusación de que los católicos “adoran” a la Virgen María.
Nada más lejano a la verdad. La doctrina católica, desde sus orígenes apostólicos y a lo largo de dos mil años de reflexión teológica, ha sido firme e inequívoca en este punto: la adoración pertenece única y exclusivamente a Dios. Solo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas, son dignos del culto supremo que la tradición denomina latría. Esta adoración reconoce a Dios como Creador, Redentor y Señor absoluto de la historia.
A María, en cambio, la Iglesia le rinde veneración, honor y amor filial. Se trata de una veneración singular, conocida como hiperdulía, que no nace de un capricho devocional ni de una exageración sentimental, sino de una verdad central de la fe cristiana: ella es la Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Y si Cristo es cabeza de la Iglesia, quienes formamos su Cuerpo místico reconocemos en María a nuestra Madre espiritual. Este honor, por elevado que sea, jamás cruza la frontera sagrada que separa la veneración de la adoración.
Conviene subrayar que la devoción mariana auténtica no desplaza a Dios ni ocupa su lugar. Por el contrario, lo señala, lo anuncia y conduce hacia Él. María no se predica a sí misma; repite con su vida lo que proclamó con sus labios en el Magníficat: “El Señor ha hecho en mí maravillas”. Toda su grandeza proviene de Dios y toda su misión apunta hacia Cristo. Allí donde hay una verdadera devoción a la Virgen, hay también un amor más profundo a Jesucristo y una adhesión más sincera a su Evangelio.
Ella fue la primera creyente, la primera discípula, la mujer que escuchó la Palabra y la guardó en su corazón. Su Fiat “Hágase” en Nazaret no fue un gesto poético, sino un acto radical de obediencia que abrió las puertas de la historia a la Encarnación del Verbo. Desde entonces, su figura acompaña silenciosamente el caminar de la Iglesia, sosteniendo a los creyentes en la prueba, animándolos en la esperanza y orientándolos siempre hacia su Hijo.
Por eso, cuando el pueblo dominicano se postra ante la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, no está levantando un ídolo, como suelen acusar los fundamentalistas, sino elevando una oración de gratitud. Agradece a Dios el don de una Madre que intercede, que consuela y que, como en las bodas de Caná, señala con discreción pero con firmeza: “Hagan lo que Él les diga”. En esa frase se resume toda la espiritualidad mariana: conducir a Cristo, nunca sustituirlo.
En tiempos marcados por la polarización religiosa y la sospecha mutua, esta fiesta mariana puede y debe convertirse en un espacio para el encuentro respetuoso y el entendimiento fraterno entre cristianos. Más allá de las legítimas diferencias doctrinales, María permanece como una figura profundamente bíblica, humilde servidora del Señor y testigo privilegiado del misterio de la salvación.
Que al celebrar a Nuestra Señora de la Altagracia renovemos no solo nuestras tradiciones, sino también nuestro compromiso con una fe más auténtica, centrada en Cristo, abierta al diálogo y arraigada en la verdad. Y que aprendamos, como ella, a decir cada día un “sí” confiado a Dios, aun cuando no comprendamos del todo sus caminos.
















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