¿Quién está destruyendo la inocencia de nuestras niñas?

Por Wendy Carrasco de Arismendy, periodista y educadora.

¿Son las niñas y adolescentes responsables de involucrarse en relaciones amorosas a destiempo, contraer infecciones de transmisión sexual, vestir de determinada manera, exponerse en las redes sociales, quedar embarazadas o convertirse en víctimas de maltratos, abusos sexuales y feminicidios? Son algunas de las tantas preguntas que me hago cada vez que conozco una de estas historias a través de los medios de comunicación, las redes sociales o, sencillamente, cuando observo lo que ocurre en el entorno donde vivimos.

Me preocupa lo que estamos permitiendo como sociedad. Lo veo desde mi condición de periodista, cuando una noticia revela la vulnerabilidad de una menor; como educadora, cuando observo situaciones que afectan a nuestras estudiantes en las escuelas y liceos; y como madre, cuando pienso en las niñas que deberían estar viviendo una etapa de sueños, aprendizajes, juegos y descubrimientos, pero que, en cambio, enfrentan realidades para las cuales no están preparadas.

Me duele pensar en esas niñas que llegan a las maternidades con sus cuerpos todavía en desarrollo, algunas enfrentando complicaciones que ponen en peligro sus vidas. Niñas que, cuando deberían estar concentradas en sus estudios, se encuentran cargando con la responsabilidad de criar a otro ser humano, sin contar con la preparación física, emocional ni económica necesaria. Y me pregunto: ¿dónde estaban los adultos que debían protegerlas? ¿Quién les habló de sus derechos, de los riesgos, del respeto a sus cuerpos y de la importancia de aprender a reconocer situaciones de abuso?

Pero hay algo que me preocupa todavía más: escuchar a mujeres expresarse con desprecio sobre niñas y adolescentes que atraviesan estas situaciones. He escuchado frases tan crueles y discriminatorias que prefiero no reproducirlas en este artículo. Me resulta doloroso que seamos nosotras mismas, las mujeres, quienes en ocasiones levantemos el dedo acusador contra una menor, sin detenernos a pensar en su historia, sus carencias, sus miedos o las circunstancias que la llevaron hasta allí.

¿En qué momento comenzamos a responsabilizar a las niñas por las conductas de los adultos? ¿Desde cuándo la forma de vestir de una adolescente se convirtió en justificación para el acoso, la violencia o el abuso? Una niña no deja de ser niña porque su cuerpo se desarrolle antes de tiempo, porque utilice maquillaje, porque publique fotografías en las redes sociales o porque un adulto decida mirarla como mujer. La responsabilidad de respetar los límites, proteger su integridad y no aprovecharse de su vulnerabilidad corresponde, ante todo, a quienes tienen la madurez y el deber de hacerlo.

Tampoco podemos ignorar el papel de las familias. Hay hogares donde falta orientación, acompañamiento, comunicación y vigilancia responsable. También existen niñas que crecen en ambientes marcados por la violencia, el abandono, la pobreza o la ausencia afectiva. No se trata de condenar a los padres ni de desconocer los esfuerzos de tantas familias que hacen lo posible por educar a sus hijos, sino de reconocer que la crianza exige presencia, escucha, formación en valores y una responsabilidad que no podemos delegar por completo en las escuelas.

Como educadora, considero que nuestros centros educativos tienen una responsabilidad fundamental en la prevención. No basta con impartir contenidos curriculares y evaluar aprendizajes. Necesitamos escuelas capaces de escuchar, orientar, identificar señales de violencia y actuar oportunamente. La educación debe contribuir a formar niñas que conozcan sus derechos, valoren su dignidad y comprendan que nadie tiene autoridad para violentar sus cuerpos, manipular sus emociones o arrebatarles sus oportunidades.

Nuestro país cuenta con instrumentos legales que reconocen la protección especial que merecen la niñez y la adolescencia. La Ley núm. 136-03 establece el Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes. Asimismo, la Ley núm. 1-21 prohíbe el matrimonio de personas menores de 18 años. En el ámbito internacional, la Convención sobre los Derechos del Niño compromete a los Estados a proteger a esta población frente a toda forma de violencia, abuso y explotación sexual. Sin embargo, ninguna disposición legal será suficiente si sus principios no se traducen en prevención, protección efectiva y consecuencias para quienes vulneran estos derechos.

También debemos revisar el contenido que consumen nuestras niñas y adolescentes, los mensajes que reciben en las redes sociales y los modelos de conducta que, muchas veces, presentamos como símbolos de éxito, belleza o aceptación. Pero cuidado: orientar no significa humillar, vigilar no significa violentar y corregir jamás debe convertirse en una excusa para destruir la autoestima de una menor. La prevención debe construirse desde el respeto, el diálogo y el acompañamiento.

Sé que nuestros niños y adolescentes varones también enfrentan carencias, violencia y antivalores que están afectando profundamente a la sociedad dominicana. Esa realidad merece atención. Sin embargo, hoy he querido detener mi mirada en nuestras niñas, particularmente en aquellas que están siendo tratadas como mujeres por adultos que deberían reconocerlas como menores de edad y respetar su etapa de desarrollo. Porque cuando una niña pierde su tranquilidad a causa del abuso, cuando abandona sus estudios por un embarazo temprano o cuando su vida es arrebatada por la violencia, no estamos frente a una simple noticia: estamos frente a una dolorosa responsabilidad colectiva.

Como mujer, educadora, periodista y, sobre todo, como madre, no puedo permanecer indiferente. Mi llamado no es a señalar ni a condenar a nuestras niñas, sino a despertar la conciencia de una sociedad que muchas veces juzga a las víctimas con mayor severidad que a quienes les hacen daño. Necesitamos familias más presentes, instituciones más comprometidas, escuelas más sensibles, medios de comunicación más responsables y una justicia que proteja oportunamente a quienes todavía no tienen la capacidad de defenderse por sí mismas.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que se siga destruyendo la inocencia con la que debe crecer una niña? ¿En qué estamos fallando como sociedad cuando un adulto mira a una menor como si fuera una mujer? Me resisto a creer que todo está perdido. Todavía estamos a tiempo de escuchar, orientar, proteger y rescatar a muchas niñas de las manos de quienes pretenden arrebatarles su dignidad, sus sueños y su futuro. Porque ninguna niña debería cargar con la culpa de una violencia que no provocó, ni perder su infancia por la irresponsabilidad de quienes tenían el deber de protegerla.

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